La Llama Violeta, la Clave al Corazón…

…de los Budas Dhyani

La llama violeta, la clave al corazón de los Budas Dhyani

Este es un extracto de un dictado del Buda Dhyani, Ratnasambhava, dado el jueves 5 de julio de 1990, en el Rancho Royal Teton y publicado en las Perlas de Sabiduría vol. 33, n° 29.
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La llama violeta y la recitación de los decretos de llama violeta de seguro no son una tarea tediosa, ya que esta es una llama cantarina. Esta llama transmuta la monotonía. No la crea. Y así, con la llama violeta en y a vuestro alrededor, nunca desatendiendo al menos un sencillo llamado a la [llama violeta] en toda sesión de oración, veréis cómo [vuestro trabajo diario se aligera mediante vuestro trabajo con la llama violeta y cómo el] trabajo no es penoso en absoluto sino una recreación continua en el ritual de la llama violeta a medida que fluye de todos vuestros chakras y ser y todas vuestras células, a medida que baja de vuestra Poderosa Presencia YO SOY levantando las cargas de humanidad.

¡La llama violeta es la clave al corazón de los Budas Dhyani! Ya que sobre esa llama violeta, a medida que hacéis la transición del séptimo rayo, entráis realmente en los rayos secretos y todo su poder.

Cuando estáis saturados con la llama violeta, es imposible estar sin alegría, sin felicidad, sin victoria, sin la impresión de que no hay nada ni nadie, ni lugar, ni condición o cosa que puedan jamás arrebataros vuestra victoria, vuestro propósito, guardar vuestros votos y todas las cosas que Dios desea para vosotros y todas las cosas legítimas que podéis desear.

Descubriréis entonces, que los cinco Budas Dhyani en realidad encarnan la dulzura de todos los budas. Nos encontramos a la vez en una etapa de sabiduría venerable y realización y [en una etapa de] infancia. Por tanto, podéis visualizarnos como bebés de brazos, como sabios, como padres por siempre e hijos por siempre y llenos del Espíritu Santo, por el cual logramos un amor puro y simple y tan tierno de la Madre Divina que no podemos estar separados de ella ni por un instante y los sueños de todos los bebes y niños se realizan. Nunca más se encontrará nuestra mano separada de la mano de la Madre Divina.

Por tanto, esta dulzura se relaciona en nuestro ser más íntimo con el impulso acumulado de un fuego sagrado tan grande, que ni siquiera deseo daros un sentido de comparación, una proporción del mismo. No os haría visualizarnos en todo el alcance de la expansividad de nuestras auras o de la concentración de Luz que portamos.

Sin embargo, os voy a dar una pista y secreto que sin duda podéis aplicar: cuando selléis vuestra nube de energía infinita, que invocáis para sellar la Sangha tan preciada por el Señor [Gautama], recordad nombrar a los cinco Budas Dhyani y solicitad que sellemos vuestra nube con nuestro gran poder, suficiente para consumir todo el mal y toda la intención del mal dirigida en contra de la Luz de todo hijo de Dios en este planeta y en todo el cosmos de Materia. Y la gran ley nos permitirá hacerlo y lo haremos.

Pero por más que esta Luz, amados, deba estar anclada en la octava física a través de vosotros, la daremos a conocer solo a través de los que han demostrado una y otra vez que son capaces de mantener la armonía Divina bajo cualquier circunstancia. Os hacemos esta promesa, a través de mí como el portavoz de cada uno de nosotros, para que podáis encontrar una razón verdadera, convincente para que finalmente hagáis vuestros votos al Dios Armonía:

No seré sacado de mi asiento de armonía Divina.
No seré provocado.
No seré engañado.
No seré atrapado.
¡No seré manipulado para moverme de mi asiento de armonía Divina!

Oh vosotros que sois los bienaventurados, oh vosotros que sois los bienaventurados, oh vosotros que sois los bienaventurados en toda la Tierra, sabed que cuando vuestro amor aumenta por la armonía Divina y sois uno con ese gran ser Armonía, también sois uno con la Madre Divina, uno con el sonido interno de la música cósmica.


Para leer la Perla completa acerca de las pruebas y beneficios de guardar la llama de la armonía, por favor, véase el vol. 33, n° 29, Amado Ratnasambhava, 29 de julio de 1990.

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