Percibe la claridad cristalina de un cosmos

Este extracto es del dictado Él que protege la ciudadela de la conciencia, de El Morya, entregado el 1 de enero de 1978 y publicado en las Perlas de Sabiduría vol. 49 no. 17 de 2016


¿Sabíais que los gurús toman la temperatura de sus chelas al acercarse a ellos, a menudo extendiendo su Presencia Electrónica?
Entonces, cuando miráis mi foto os decid a vosotros mismos: “El ojo de Morya está sobre mí”, ¡así es!

Me dirijo a la protección de la ciudadela de la conciencia. Esta es una conferencia que daré en muchas formas y desde el punto del centro de los trescientos sesenta grados de la conciencia de la humanidad. Por lo tanto, vengo a entregar esa parte de mi conferencia que pertenece al chela en el sendero. Algunos de vosotros que aspiráis a ser chelas habéis estudiado bien mi disertación sobre este tema.

Vengo a tratar el tema de aquellos que se creen chelas y, sin embargo, dan paso a un gran espacio alrededor del aura para descuidar la conciencia, un gran espacio para vivir según la ley del ser y un área gris de confusión en la que el chela se considera a sí mismo un chela muy aceptable. Y sin embargo, cuando se trata de las pequeñas y grandes advertencias de los maestros ascendidos o la mensajera, estos parecen pasar como hojas secas en un viento otoñal. No forman parte del ser.

Y así encontramos dentro de nuestra hueste de servidores que hay corazones bien intencionados que consideran que retienen el espíritu de Morya, y que la retención es cuestionable a la luz de su política de la autodeterminación, que por lo tanto no necesitan seguir la letra de la Ley.

Cuanto más intensifico mi presencia dentro de la mensajera, más la mensajera encuentra que es incómoda e inaceptable la sutil rebelión y obstinación que está fuera de sintonía con el rayo azul de Darjeeling. Y, por lo tanto, como veis, transmitimos nuestra propia reacción a la mensajera y por ello debemos retirarnos de los chelas indignos que se consideran dignos.

Benditos corazones, la justicia propia y el orgullo espiritual son una enfermedad infecciosa, y han sido la ruina de muchos círculos de devotos patrocinados por los maestros del Himavat*.

Vengo a corregir vuestra comprensión para que vuestra órbita en el nuevo año llegue al punto de estar tan cerca del Sol Central como sea posible y, sin embargo, en proporción directa con el amor, la sabiduría y la voluntad. ¡Mucho más peligroso es el chela que se considera digno, y no lo es, que el chela que sabe que no es digno y está decidido a hacer algo al respecto! Y dado que vosotros mismos no tenéis el grado del sentido de proporción, vengo a informaros que debéis considerar este día que, si no estáis respondiendo a la voz de la conciencia con rapidez, con prontitud, con amor, entonces ya no me estáis respondiendo. Y en ese momento, os contáis como el chela indigno.

Ahora bien, amados, no hay un estado permanente de favoritismo entre los chelas. Simplemente porque habéis prestado un servicio gigantesco a nuestra Hermandad no os garantiza los diamantes de la gloria para siempre. Y, por lo tanto, cuán peligroso es el sendero para el chela que está en servicio efectivo y que, día tras día, se monta en alas del águila para realizar esos actos que generan luz y amor en medio de nosotros. Porque estos son los mismos que pueden volverse complacientes y en un momento de independencia dejar de lado tanto buen karma que han acumulado para su corriente de vida.

Y, como podéis ver, la clave para entender el discipulado es que Dios es el hacedor y que en todas las obras que se forjan a través de vosotros, la gloria le pertenece a él. Y, por lo tanto, no busquéis la gloria para el chela, sino que una y otra vez se reduzca al punto de luz del diamante, para que vuestro yo inferior y sus participaciones menores se disuelvan, para que disminuya la conciencia engrandecida y para que la autosatisfacción se convierta, más bien, satisfacción en el todo, en la comunidad, en el sendero y en la alineación.

Benditos, aquellos que suben la montaña conmigo saben que mi filosofía es esta: La vida no es digna de ser vivida, ni siquiera por un momento si no se vive de acuerdo con la voluntad de Dios. Es esta conciencia la que le dio a María la Madre la intensidad de su concentración para dar a luz al Cristo, porque fue ordenado, porque era la voluntad de Dios. Esta es una razón suficiente para aquellos que se han elevado por encima de las brumas de la autocomplacencia para percibir la claridad cristalina de un cosmos, un cosmos alineado completamente con la voluntad que es el amor supremo del Creador a la creación.

*El glosario teosófico define Himavat como una palabra sánscrita que significa una personificación del Himalaya. En su última encarnación, el maestro ascendido El Morya nació como El Morya Khan, un príncipe Rajput de la India, que más tarde se convirtió en monje. Como el “Mahatma del Himavat”, él y otros adeptos frecuentaron muchos de los retiros de la Hermandad en el Himalaya.